Jueves por la noche, tras una dura semana llena de deberes, trabajos y exámenes, sin contar con el comienzo de teatro.
Deseando que sea ya mañana para llegar a casa y tumbarme en la cama, cerrar los ojos, y entonces, y sólo entonces hacerme la misma pregunta que cada semana: "¿Qué me apetece hacer hoy?".
Ahí empezarán los problemas. Unos querrán ir al cine, otros de compras, algunos querrán ir a la bolera y una última parte dirá de ir a dar una vuelta por el barrio, para a la media hora decir: "me aburro ¿hacemos botellón?"...
Botellón...la primera vez que estuve en uno tenía 14 años ( una cifra ridícula si tenemos en cuenta la edad a la que se empieza a beber hoy en día). De todas formas si por algo recuerdo ese día, puedo asegurar que no es por lo que bebí (que no fue nada, ni un mísero vaso de coca cola), sino por la forma en que mi amiga y yo tuvimos que escapar, literalmente, de aquella jauría de niñatos en busca de sexo.
Tampoco voy a ir de niña modelo por la vida, intentando fingir que jamás ha entrado una gota de alcohol en mi cuerpo, y es que con un poco de responsabilidad podrían evitarse tantas cosas...
Sin ir más lejos, este verano, el último día por la noche compramos un par de botellas y nos fuimos a la playa.
Pasé una de las noches más bonitas de mi vida, y parte de culpa la tiene el hecho de que usamos la cabeza. Al final de la noche había sobrado más de la mitad, nadie llegó a emborracharse, y a pesar de ello disfrutamos tánto...
Pero no, parece que la vida es una competición, y esta continua lucha por la victoria contagia también a nuestras reuniones nocturnas, haciéndolas detestables. Y es que no se escucha otra cosa más que apuestas y apuestas del tipo de a ver quién se emborracha antes o quien se coje el pedo más grande, etc.
Y al final para qué, si al día siguiente lo han olvidado todo (al igual que sus patéticos compañeros), se han gastado un dineral en botellas y lo único que han conseguido ha sido hacer el ridículo y destrozar un poco más su cuerpo. Eso sin contar con el terrible dolor de cabeza que les hará compañía durante toda la jornada para recordarles su memorable hazaña de la noche anterior.
Si al menos tuviera algo de emoción, pero si se repite lo mismo cada viernes, hasta eso queda en el olvido.
Definitivamente, se pierde más de lo que se gana, y creo que mañana iré al cine, me iré hundiendo en mi butaca y poco a poco me iré dejando llevar por la trama de la película, soñando despierta y emborrachándome de placer...seguro que al final termino ganando la apuesta.